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ENSEÑANZA CRISTIANA |
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EL PREDICADOR |
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¿Cuál es el
verdadero Evangelio? No hay pregunta que tenga mayor importancia frente al
mundo de hoy. Esto es así porque solamente el verdadero Evangelio
proporcionará la respuesta que puede salvarnos de pasar la eternidad bajo la
ira de Dios. Por consiguiente, a medida que procuramos identificar el
verdadero Evangelio, nos esforzaremos en descubrir las respuestas a las
preguntas siguientes: ¿Cuál es la autoridad que rige y determina al
verdadero Evangelio? ¿Cuál es el mensaje del verdadero Evangelio?
¿Cuál es el mandato del verdadero Evangelio? Nosotros oímos
sermones de varias clases; leemos la Biblia por aquí y por allá; generalmente
oímos muchas cosas buenas acerca del Evangelio. Escuchamos acerca de cómo
tenemos que andar como Cristianos; vemos reglas en
la Biblia que Dios nos ha dado para el bien de la humanidad. Pero, comenzamos
a preguntarnos, ¿cuál es la estructura esencial del Evangelio de
nuestro Señor Jesucristo? ¿Es posible descartar los aspectos
secundarios y llegar hasta la propia sustancia, al corazón del Evangelio? A fin de conocer lo
que en realidad es el Evangelio, debemos en primer lugar definir la autoridad
que lo rige y lo determina. Esto es necesario porque la naturaleza del
verdadero Evangelio se define y establece por su autoridad divina. En efecto,
la naturaleza de toda religión, evangelio, (es decir, plan de salvación) y
sistema ideológico, se define y establece por su autoridad reconocida. Un Mahometano,
por ejemplo, puede desear saber cómo vivir como buen Mahometano. Así que él
consulta cuidadosamente el Corán, un libro en el cual los Mahometanos
creen que Dios ha hablado. El Corán, por tanto, es la autoridad escrita que
establece el evangelio Mahometano, es decir, la religión Mahometana. Un judío
Ortodoxo tiene una autoridad diferente. Esta incluye lo que llamamos nuestro
Antiguo Testamento, junto con los escritos de los padres de la iglesia que
son considerados como divinamente inspirados. Esa es la autoridad que
establece la naturaleza y carácter de la religion
Judía. Por otra parte, un Mormón tiene como su
autoridad divina la Biblia, más el Libro de Mormón, el cual se cree
divinamente inspirado. A causa de que el Libro de Mormón apareció
posteriormente a la Biblia, este viene a ser una sombra que se proyecta sobre
toda la Biblia. Es decir, alguien que sigue el Evangelio Mormón examina todo
lo que lee en la Biblia a la luz de lo que se encuentra en el libro de Mormón. De la misma manera,
los Católicos Romanos también siguen otro evangelio. La autoridad que
estructura y determina su evangelio comienza con la Biblia. Pero los libros
Apócrifos son también parte de esa autoridad, de la misma manera que las
visiones de Juana de Arco, las visiones de Fátima, y las declaraciones
infalibles del Papa. Todo eso es visto como divino, y juntos conforman la
autoridad que establece el carácter del evangelio Católico Romano. Similarmente, el
evangelio carismático tiene su autoridad. Este cree que la Biblia es la
Palabra de Dios, pero también cree en revelación divina por medio de
visiones, voces, o lenguas, lo cual expone su autoridad más allá de la
Biblia. Por consiguiente, éste tiene como su autoridad a la Biblia, más los
mensajes presumiblemente recibidos de Dios mediante sueños, visiones y
lenguas. Esta autoridad ampliada estructura y determina el carácter del
evangelio carismático. Tenga en mente que
cada vez que tenemos una autoridad diferente, tenemos también una clase
diferente de evangelio. En otras palabras, cada evangelio, o plan de
salvación, está estructurado y determinado por su autoridad. Así que cuando
las autoridades difieren, los evangelios difieren. ¿Pero cuál es
el verdadero Evangelio de Jesucristo, el único que puede salvar a los hombres
y mujeres de sus pecados? ¿Cuál es la autoridad Divina por la cual
está estructurado y determinado? Estas son algunas de las preguntas
insistentes que enfrentan a la iglesia de hoy, porque estamos viviendo en un
día cuando los evangelios se están proliferando. En todo lugar adonde
volteamos encontramos diferentes clases de evangelios. Ciertamente, nos
preguntamos, ¿cómo puedo saber realmente que estoy siguiendo el
Evangelio verdadero? Una definición
ofrecida a veces para describir el verdadero Evangelio es expuesta en 1a. de
Juan 4:2. Allí leemos que si confesamos que Cristo ha venido en la carne,
entonces somos de Dios. No obstante, cuando leemos en Lucas 4:34, los
demonios también admiten que Jesucristo ha venido en la carne, y ellos
todavía están bajo la ira de Dios. De modo que esa definición particular por
sí misma no puede ser adecuada en todos los casos. Tenemos que conocer más
acerca de lo que define y establece el evangelio. Debemos, por tanto,
descubrir la autoridad divina que estructura y determina el carácter y
naturaleza del verdadero Evangelio. La Biblia indica que
ella sóla y en su integridad es la autoridad que
establece el Evangelio del Señor Jesucristo. Apocalipsis 22: 18-19 lo
dice mejor: "Yo testifico a
todo aquel que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguno
añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están
escritas en este libro. Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta
profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la Santa Ciudad y
de las cosas que están escritas en este libro". Por esta declaración
Dios estableció los parámetros del verdadero Evangelio. Este está
circunscrito por la Biblia solamente. La Biblia, por
consiguiente, es la verdadera autoridad divina. Esta es la única autoridad
completa que establece el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.
Debido a que ésta es la autoridad divina, en razón de que viene de Dios, debe
ser enteramente autoritativa en nuestras vidas. Nosotros debemos leerla
ávidamente; debemos estudiarla ansiosamente con el propósito de ser
obedientes a ella. Y si descubrimos en nuestra vida un hábito, una práctica,
o una doctrina que es contraria a la Palabra de Dios, entonces como hijos de
Dios, habrá dentro de nosotros un deseo ardiente de suprimir o cambiar esa
práctica o doctrina a efecto de que lleguemos a ser más fieles a la Palabra
de Dios. Si nosotros seguimos
una autoridad que es más reducida o más amplia que la Biblia sóla y en su integridad, no estamos siguiendo el
Evangelio de la Biblia. No importa cuán santo parezca ser, tal evangelio no
conduce a la salvación. Pero ahora que
sabemos que la Biblia es la autoridad que establece el verdadero Evangelio,
nos preguntamos cuál es el mensaje central del verdadero Evangelio. Podríamos
decir que el Evangelio es la carta de amor escrita por Dios para la
humanidad, por medio de la cual podemos llegar a ser justos, conocer el amor
de Dios, entrar a una vida más abundante, o aprender a vivir para la gloria
de Dios. Podemos pensar en una gran cantidad de versículos en la Biblia que
describen y quizás aún cristalizan la naturaleza esencial del Evangelio. Pienso, sin embargo,
que podemos hallar resumido en Juan 3:16 el significado esencial del
Evangelio. Este versículo hace a un lado todo lo demás y va hasta el mensaje
esencial. Allí leemos: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha
dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna". Ordinariamente los
teólogos enfocan su atención en la primera parte del versículo: "Porque
de tal manera amó Dios al mundo..." Y esa es una frase gloriosa que nos
introduce a la admirable verdad que Dios, en Su magnífico amor, ha provisto
salvación a todos los que creen en el Señor Jesucristo. Pero el amor
de Dios y la salvación que El tan generosamente ha provisto no puede ser
entendido completamente a menos que entendamos también el significado de la
palabra "Perecer" o "Perderse" que se halla más adelante
en este versículo. Sólo muy raras veces escuchamos un sermón sobre esa parte
del versículo, "...no se pierda..." Pero la frase, "no se
pierda", es también parte integral del Evangelio. Cuando
escudriñamos las Escrituras, hallamos que la palabra "Perderse",
como se usa en Juan 3:16, no significa "Aniquilación". En nuestro
lenguaje cotidiano cuando decimos, "Yo pereceré", pensamos en
morir, en dejar de existir. Pero en la Biblia la palabra "perecer"
tiene otra definición. La Biblia nos dice que la paga del pecado es muerte
(Romanos 6:23). Y la muerte viviente que Dios está considerando allí es la
existencia por toda la eternidad en el infierno. Esa es la sentencia para la
humanidad rebelde. Eso es lo que significa "Perecer". El problema terrible
de la humanidad es que somos pecadores. Recuerde Romanos
3: 10-11: "No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien
busque a Dios". El corazón del hombre por naturaleza es engañoso
y perverso, como leemos en Jeremías 17:9. Porque pecamos
-incluso por un solo pecado- pereceremos. Debido a que hemos sido creados a
Su imagen, Dios nos hace a cada uno de nosotros completamente responsables
delante de El mismo por la conducta de nuestra vida. Dios ha señalado
un día en el fin del mundo cuando tenemos que ser juzgados. La Biblia dice en
Hebreos 9:27, "...está establecido para los hombres que mueran una sola
vez, y después de esto el juicio". Y a causa de que sin el Evangelio
todos nosotros somos pecadores, todos vamos encaminándonos hacia el infierno. Esta terrible verdad
no puede ser vista con nuestros ojos físicos porque no podemos ver el futuro.
Pero lo que vemos con nuestros ojos físicos no es la historia completa. De
hecho, solo vemos una parte superficial e incidental de la historia completa.
Por ejemplo, quizá tuvimos un amigo que ya murió. Lo conocimos como un hombre
que vivió su vida muy respetablemente delante de sus compañeros. Pero
luego murió. Y fue elogiado en su funeral como uno de los más grandes; y
entonces todos regresamos a nuestros negocios, a la rutina diaria, y nos
olvidamos de nuestro amigo. Pero si él murió sin el Evangelio, es decir sin
ser salvo, la primera cosa de la que él se dará cuenta, después de la muerte,
es que se encuentra delante del trono del juicio de Dios, donde él deberá responder
por cada pecado que cometió; y serán muchísimos. Cualquiera de esos pecados
podrían condenarlo a él a la perdición eterna. Para él no hay escape; no hay
conmutación de pena, ni libertad bajo palabra. No hay absolutamente
escapatoria alguna. Cada día
aproximadamente 200,000 personas mueren sobre la faz de la tierra. Cuando nos
damos cuenta que la mayoría de esas 200,000 personas mueren sin salvación y
que la primera cosa de que serán conscientes, después de la muerte, es que se
hallan de pie delante del trono del juicio de Dios, sujetos a la condenación
eterna, entonces venimos a estar conscientes de una historia de horror de
proporciones gigantescas. Muchas veces oímos
acerca de un terremoto en el cual 50,000 personas han muerto. Oímos de
guerras en que 700,000 u 800,000 personas han muerto. Oímos acerca de la
inhumanidad del hombre contra el hombre. Oímos de hambres que matan a muchos
millares. Pero ninguna de esas cosas puede compararse a la más espantosa
tragedia de todas, al espantoso trauma diario que enfrenta la humanidad. Los horrores de la
crueldad del hombre contra el hombre, los horrores del hambre, de la guerra,
o de cualquier otro trauma, resultan solamente en muerte física de nuestro
cuerpo. Pero esa muerte, en sí misma, no es la historia de horror. La
historia de horror es que después de la muerte viene el juicio. La justicia
perfecta de Dios demanda la condenación eterna como pago por los pecados. Desafortunadamente no
escuchamos que se predique esta parte del Evangelio muy frecuentemente. Es
tan censurable, tan triste, tan grave. Es tan terrible que queremos
olvidarnos de ello. Preferimos en cambio tan sólo hablar acerca del amor de
Dios y de la necesidad de una vida moral. Preferimos hablar de toda suerte de
cosas y no de esta enseñanza extremamente importante del Evangelio. Maravillosamente, la
verdad de que el infierno está esperando por la raza humana no es el final de
la historia. Si Dios escribió la Biblia simplemente para decirnos que estamos
caminando hacia el infierno, podríamos aún alabar a Dios de que al menos El nos lo advirtió. Pero ese conocimiento no nos haría
mucho bien, porque todos somos pecadores. A causa de nuestros pecados
terminaríamos todavía en el infierno. Pero, entrelazado dentro del tejido del
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, a semejanza de un hilo dorado
que corre a través de toda la Biblia, está el mensaje de esperanza: que
podemos conocer el amor de Dios al confiar en el Señor Jesucristo como
nuestro Salvador. Esa es la otra cara de la moneda del Evangelio:
"Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo
unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna". Ahora, ¿por
qué es que si creemos en El no iremos al infierno? ¡La Biblia nos dice
que es porque Cristo se hizo pecado por nosotros! Leemos en 2a. de Corintios
5:21: "Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que
nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en El". O, como Isaías 53:6 lo
dice, "Mas Jehová cargó en El el pecado de
todos nosotros" (es decir, de todos aquellos que hacen depender sus
vidas de El). He allí el mensaje
central del Evangelio. No hay otra noticia que pueda compararse a esta.
Comienza con la terrible verdad de que la humanidad es pecadora y va
caminando hacia el infierno. Pero continúa con la noticia maravillosa de que
todos aquellos que clamemos al Señor Jesucristo por misericordia y que
hagamos depender nuestras vidas de El podemos conocer la libertad del
infierno porque El se hizo pecado por nosotros.
Cargando con nuestros pecados, como nuestro sustituto, El compareció delante
del Trono del juicio de Dios cuando enfrentó a Poncio Pilato. El fue hallado culpable por nuestros pecados, y Dios
vertió la condenación sobre El hasta el grado que fue el equivalente de cada
uno de nosotros que creeríamos en El pasando una eternidad en el infierno. De
esta manera El pagó por todos nuestros pecados. El satisfizo la justicia
perfecta de Dios que demanda condenación eterna, como castigo por el pecado.
Puesto que nuestros pecados han sido pagados, el infierno no nos amenaza ya
más. Ya no estamos bajo la ley que decreta que tenemos que ir al infierno.
Estamos ahora bajo la gracia. Por la gracia de Dios hemos llegado a ser hijos
de Dios. Hemos dejado el dominio de Satanás (dentro del cual estábamos antes
que fuéramos salvos), y hemos llegado a ser ciudadanos del Reino del
Señor Jesucristo. Sin embargo, la
verdad conmovedora es que, en gran medida, la iglesia de hoy ya no es más
consciente de este mensaje. Esto ha sido verdadero hasta cierto punto a
través de toda la historia, pero es particularmente cierto en el día de hoy.
Obviamente hay excepciones. ¡Gloria a Dios por las excepciones! Pero en
gran medida, la iglesia ha perdido su sensitividad
a la naturaleza central del evangelio. Muchos predicadores no hablan ya más
acerca del infierno. En efecto, una vez oí a un teológo
de un seminario respetable decir públicamente que el infierno es "como
estar en un aeroplano que está dando vueltas, vueltas y vueltas". En
otras palabras, él estaba ridiculizando al infierno. Hubiera sido bueno que
leyera otra vez Deuteronomio Capítulo 28. Hubiera sido bueno que él leyera
otra vez Apocalipsis 14, donde dice: "Y el humo de su tormento sube por
los siglos de los siglos." (versículo 11).
Mejor que leyera Mateo capítulo 13, Marcos 9, y Mateo 25 otra vez donde Jesús
dice cosas como "allí será el lloro y el crujir de dientes." (Mateo
13:42), y "el gusano de ellos no muere." (Marcos 9:44), y donde El
habla de condenación eterna (Mateo 25:46). La única razón por la que no
leemos muy a menudo esos pasajes es porque nos aterrorizan. Pero mejor ser
aterrorizados si no estamos salvos, porque el infierno es real. Pero, vea usted, si
alguien no quiere enfrentar el mensaje central de la Biblia porque no quiere hablar
acerca del infierno, entonces, ¿qué va a hacer él con el Evangelio?
Desafortunadamente, encontramos que los teólogos comienzan a cambiar el
mensaje del Evangelio en función de sus propios deseos. Ellos le dan al
evangelio un cariz político. Dicen, por ejemplo, "El cristianismo va a
la par con la liberación de toda opresión política". O bien, comienzan a
enseñar un evangelio económico al decir que el Cristianismo tiene que
ver con tener suficiente alimento para comer y tener seguridad financiera. O,
ellos lo hacen un evangelio de bienestar físico, al
decir que la meta del evangelio es la buena salud y vidas felices aquí en
esta tierra. Esas tres
aspiraciones -libertad política, seguridad económica y buena salud- son
buscadas por todo hombre. Toda la humanidad las busca en una u otra manera.
No tenemos que llamarnos Cristianos para tener esas
clases de metas. Pero el hecho es que ninguna de esas aspiraciones tiene
relación directa alguna con el Evangelio del Señor Jesucristo, es
decir, con el Evangelio verdadero, espiritual. Veamos por qué esto es así. En Lucas, capítulo
16, Dios nos da la parábola del hombre rico y Lázaro. Quizás usted esté
familiarizado con esa parábola. La Biblia revela que el hombre rico tenía
todo lo que el dinero podía comprar. Ciertamente podríamos suponer que, con
todo ese dinero, él debió haber tenido mucha libertad política. También, él
tenía a sus órdenes los mejores doctores y los mejores nutricionistas para
así poder disfrutar al máximo una buena salud. Sin duda alguna, él tenía
seguridad económica y todas las ventajas que ésta lleva consigo. Si alguien
parecía no tener necesidad del mensaje del Evangelio, era este hombre rico.
El aparentemente tenía todo marchando a su favor. Por otra parte, Dios
habla acerca de Lázaro. Lázaro no tenía nada; él era un mendigo. El no tenía seguridad económica. El
no podía pagar un doctor, a pesar de que tenía gran necesidad de uno. Quizás el dormía afuera en las calles y obtenía insuficientes
alimentos, o alimento inadecuado. De cualquier forma, su cuerpo estaba
cargado de llagas. El tenía salud corporal muy
pobre. Ciertamente, como mendigo expuesto al maltrato de la gente que pasaba
a su lado, él no tenía seguridad política. El era
considerado como basura. El no era nadie. Si
alguien tenía necesidad de un evangelio terrenal era Lázaro. A medida que la
narración continúa, nos damos cuenta de que tanto Lázaro como el hombre rico
murieron. De pronto, Dios
revela el más allá y nos muestra el cuadro real de esos dos hombres en cuanto
a su existencia través de toda la eternidad. ¿Qué encontramos?
Encontramos que Lázaro, quien no tuvo ninguna de las aspiraciones esenciales
de la humanidad, está descansando para siempre en el Seno de Abraham. Esta
figura de expresión indica que él está en un lugar de supremo bienestar, de
suprema bendición. Es un cuadro de lo que es ser salvo y de estar presente
para siempre en el Reino del Señor Jesucristo. Por otro lado,
¿dónde encontramos a este hombre rico, quien en la tierra, tuvo todo
lo que un hombre podría desear? En esta parábola lo vemos a él en el
infierno; lastimosamente clamando al padre Abraham para que envíe a Lázaro
"para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua;
porque estoy atormentado en esta llama." (versículo
24). Esto es un cuadro de la naturaleza absolutamente terrible del infierno,
y este hombre rico va a estar allí para siempre. ¿Cuál de esos
dos hombres realmente necesitaba el Evangelio? ¿Cuál de esos hombres
estaba en gran necesidad? Si usted se hubiese
acercado a Lázaro con un evangelio político o un evangelio social, tratando
de darle medicina y ofreciéndole seguridad económica, ¿habría eso
cambiado su posición en el cielo? La respuesta es no. Su necesidad verdadera,
la espiritual, estaba satisfecha por el Evangelio verdadero y eterno.
Seguramente, como ser humano, a él no le hubiera caído mal un poco de comida,
así mismo a él le hubiera caído bien un poco de compasión. Pero en cuanto a
lo que se refiere a su relación con Dios, lo cual constituye la verdadera
necesidad de la humanidad, él estaba satisfecho. El identificar el
mensaje del Evangelio con aspiraciones políticas, ecónomicas,
o culturales, ha causado que el "Evangelio Cristiano" sea
especialmente censurable de parte de los líderes de muchas naciones. Cuando
proclamamos un mensaje, siguiendo los dictados de los deseos o aspiraciones
humanas, las cuales son completamente ajenas al Evangelio de Nuestro
Señor Jesucristo, entramos en áreas de actividad que amenazan a los
gobernantes políticos. Siento mucho decir que, en el pasado (y esto continúa
sucediendo hoy día), los misioneros contínuamente
fueron a China y otras naciones esparciendo un evangelio con mucho sabor a
cultura Occidental. Por eso, el mensaje evangélico que proclamaron llegó a
ser identificado en gran manera con la prosperidad física o con la libertad
política. Pero eso no es el Evangelio de la Biblia. Esos misioneros,
desafortunadamente, fueron dejando impresiones totalmente equivocadas. Habían
comenzado a mezclarse en los asuntos de las naciones donde fueron enviados;
asuntos en los cuales ellos no tenían parte ni suerte, y los cuales no tenían
nada que ver con el mensaje del verdadero Evangelio. El hecho es que el
Evangelio no está interesado en la clase de gobernantes que una nación tiene.
Tampoco está interesado en el sistema político bajo el cual vive un pueblo.
Sin embargo, el Evangelio declara que es Dios quien pone y quita gobernantes.
Advierte que los ciudadanos de cualquier nación se espera que sean obedientes
en todas las cosas, a aquellos que gobiernan sobre ellos. Pero éste no indica
que una clase de gobierno deba ser obedecido más que otro. La Biblia no está
interesada en la situación económica de aquellos que escuchan el Evangelio.
En los días cuando el Señor Jesucristo ministraba, y en tanto que los
discípulos fueron enviados a predicar las Buenas Nuevas, ¿existía la
crueldad del hombre contra el hombre? Desde luego que sí. Había esclavos que
eran lastimosamente golpeados y maltratados. ¿Había incertidumbre
económica? Claro que había. Era un tiempo cuando no existían barcos que
llevaran alimentos gratuitamente. Ciertamente había gente muriendo de hambre.
¿Había gente que necesitaba desesperadamente sanidad y que no la
recibía? Ciertamente, la había. Alguna gente entendió
equivocadamente la misión de Jesús cuando sanó a los enfermos. Cristo no vino
con un evangelio que promete buena salud. El simplemente hizo milagros de
sanidad como prueba de que El era Dios y a fin de
darnos parábolas históricas por medio de las cuales podamos ver la naturaleza
espiritual del Evangelio. Las parábolas son historias terrenales con
significado celestial. Una vez que Cristo fue a la cruz y los apóstoles
murieron, no encontramos más declaraciones adicionales en la Biblia
relacionadas con sanidad física. El Evangelio tiene que ver con la sanidad
espiritual: "...Por cuya herida fuísteis
sanados. Porque vosotros érais como ovejas
descarriadas..." (1a. Pedro 2:24-25). El Evangelio tiene que ver con la
sanidad de nuestras almas enfermas de pecado. Así pues, el mensaje
del Evangelio es que la humanidad va caminando hacia el infierno, pero
cualquiera puede conocer el amor de Dios confiando en Cristo. Cuando llegamos a ser
salvos, somos arrebatados del dominio de Sátanas,
que abarca a toda la gente no salva del mundo, doquiera se encuentren, en
cualquier sistema político que se hallen; y somos trasladados al Reino del
Señor Jesucristo, el cual es una nación espiritual formada por
aquellos que son creyentes nacidos de nuevo, sin importar su ideología
política, o diferencias culturales, o lo que sea. La salvación no tiene nada
que ver con naciones políticas. Muchos teólogos
desfiguran las verdades de la Biblia concernientes a la naturaleza del
Evangelio en su intento de comprender el significado de la unidad cristiana.
Efesios 4: 4-5 nos enseña eso: "Un cuerpo, y un espíritu, como fuísteis también llamados en una misma esperanza de
vuestra vocación, un Señor, una fe, un bautismo..." ¿Qué
clase de unidad tiene Dios en mente? Teólogos bien intencionados, pero
extraviados en su intento de explicar esta unidad, han tratado de introducir
conceptos dentro del Evangelio que son extraños al mismo. Ellos creen,
en efecto, que somos uno en fe y en bautismo cuando tenemos igual libertad
política, o igual prosperidad económica. Pero el verdadero
Evangelio no tiene nada que ver con la actividad política. El no tiene nada que ver con los deseos económicos, o los
deseos de buena salud. El va mucho más lejos que
todo esto. Cuando tenemos el verdadero Evangelio, ya sea que vivamos en
Rusia, China, Alemania, Sur América, los Estados Unidos, o en cualquier otro
país, entonces hay un Señor, una fe, un bautismo. Entonces es una unidad
espiritual. Es una fe en la cual entendemos que nuestros pecados son lavados.
Espiritualmente hemos venido a ser justificados con Dios. Espiritualmente
sabemos que no estamos sentenciados al infierno y que tenemos vida eterna.
Espiritualmente hemos llegado a ser un cuerpo, bien que, desde el punto de
vista político, económico o cultural, no tengamos ninguna relación el uno con
el otro en ninguna manera. No debemos caer en la
trampa dentro de la cual caen muchos estudiosos de la Biblia. En el Antiguo
Testamento, cuando ellos leen los versículos que describen el oro y la plata
de Salomón, y describen las riquezas de Abraham, al igual que muchas otras
declaraciones que hablan de gran prosperidad física, ellos concluyen,
"¿Ya ven?, eso es lo que sucede cuando venimos a ser salvos.
Debemos tener similares esperanzas físicas cuando venimos a ser salvos".
Pero fallan ellos en darse cuenta que Dios ha establecido tipos y figuras en
la Biblia. El Israel del Antiguo Testamento era parte de una historia
terrenal, un cuadro histórico, señalando hacia el estado espiritual de
lo que la iglesia del Nuevo Testamento iba a ser, es decir, lo que
significaba ser un hijo de Dios. La prosperidad física del Israel del Antiguo
Testamento era una historia terrenal anunciando el significado celestial de
que los creyentes en Cristo vienen a ser espiritualmente prósperos,
alimentando copiosamente sus almas con el Pan de Vida, el cual es Jesús
mismo. Las tinajas de vino, que eran llenas hasta rebalsar en el Antiguo
Testamento, eran una representación dramática apuntando hacia el flujo
abundante de la sangre de Cristo, para el pago completo de todos nuestros
pecados. Cualesquiera libertades históricas de que gozó el antiguo Israel,
representaban el hecho de que en Cristo somos libres de la esclavitud del
pecado y de Sátanas. El problema es, sin
embargo, que nuestra mente, manchada con el pecado, prefiere ver en esos
antecedentes históricos (los cuales eran la intención de Dios que fueran
solamente figuras y tipos) la esencia misma del Evangelio. Eso complace a
nuestra naturaleza sensual. Eso complace a lo que todo hombre desea: Libertad
política, libertad económica, y buena salud. ¡Pero eso no es
el Evangelio! Si tratamos de adaptar el Evangelio a las características
externas de las figuras del Antiguo Testamento, entonces debemos también
ofrecer los sacrificios que eran obligatorios a los creyentes del Antiguo
Testamento. ¡Con nuestra actitud, estamos negando efectivamente el
hecho de que Cristo ha venido! En el Nuevo Testamento no encontramos ninguna
referencia enseñando libertad política, seguridad económica, o buena
salud. Toda la esencia del Evangelio es la libertad espiritual en Cristo.
¿Libertad de qué? ¡Es la libertad de la ira de Dios! ¡No
tiene nada que ver con la política de este mundo! Dicho simplemente, hemos
sido trasladados fuera del dominio de Satanás. La ley ya no puede más
enviarnos al infierno. Somos libres en Cristo. Tenemos vida eterna. Esa es la
naturaleza del Evangelio. Ese es el único mensaje que hemos de proclamar. Ahora hemos llegado
al tercer punto que necesita ser examinado. Ya hemos visto la autoridad que
rige y determina al Evangelio, y hemos visto el mensaje del Evangelio. Ahora
debemos examinar el mandato del Evangelio. De la manera más
brillante, Dios ha decretado el mandato: que somos enviados a llevar el
mensaje del Evangelio a todo el mundo. "Id por todo el mundo y predicad
el Evangelio a toda criatura" Marcos 16:15. Jesús ordenó esto; no es una
opción. No es algo que debamos hacer cuando nos conviene, o si sentimos que
nos gusta. Es una orden imperativa de la Biblia de que debemos ir al mundo y
predicar el Evangelio. Nosotros, los creyentes, somos embajadores de Cristo a
este mundo perdido en pecado como si fuese Cristo mismo exhortando por medio
nuestro. Recuerde, Jesús dijo
que El vino a buscar y a salvar lo que se había perdido, (vea Lucas 19:10). El tiene gente en China a quien El vino a buscar y a salvar.
El tiene gente en América a quien El vino a buscar
y a salvar. El tiene gente en Alemania y en Rusia y
en todas las naciones del mundo. No sabemos quienes
son esas personas, pero sabemos por medio de la Biblia que son personas cuyos
nombres fueron ya escritos en el libro de la Vida del Cordero, desde la
fundación del mundo. Así, sabemos que Dios se ha obligado a sí mismo a salvar
a esas personas. Los verdaderos
embajadores de Cristo son los creyentes nacidos de nuevo. Ellos son los
únicos que entienden la naturaleza real del Evangelio. Ellos han llegado a
enfrentarse cara a cara con la realidad del infierno, porque han aprendido a
confiar en la Biblia implícitamente. Ellos son los únicos a quienes les ha
sido dada la maravillosa tarea (la cual es un mandato como también un
privilegio fantástico) de propagar el Evangelio en el mundo. No tiene que
haber excusa. Debemos de hacerlo por cualquier medio que el Señor haya
puesto a nuestra disposición. Pero aseguremónos bien de que estamos proclamando el Evangelio
de la Biblia, y no el evangelio de Europa, o el evangelio de los Estados
Unidos, o el evangelio de México, o cualquier otro evangelio pervertido. En
tanto que enfoquemos los fundamentos básicos, el verdadero Evangelio es
absolutamente el mismo; no hace diferencia en qué nación nos encontremos.
Todos nosotros tenemos exactamente la misma necesidad espiritual, para
exactamente el mismo antídoto espiritual. Necesitamos ser liberados del
pecado mediante la sangre de Cristo. Una vez ya libres del pecado, sabiendo
que Cristo ha soportado el infierno por nosotros, entonces, aunque tengamos
que vivir el resto de nuestras vidas en un campo de concentración, muriendo a
causa de los golpes y del hambre, aun así lo tenemos todo. Que tengamos que
existir simplemente como Lázaro, como un pordiosero, con solo los perros para
lamer nuestras llagas, o bien que vivamos en un palacio con todas las
bendiciones de este mundo, no hay diferencia. Si somos salvos, sabemos que
poseemos el más grande bien que jamás podríamos tener. La Biblia también
dice que debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Lucas 10:27).
Pero, ¿qué significa amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos? En
Juan 13:34 Jesús dijo: "Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a
otros". Eso establece la naturaleza del amor que debemos tener para
otros: debemos amar a nuestro prójimo como Cristo nos ha amado. ¿Cuál fue la
naturaleza del amor de Cristo por usted y por mí? ¿Vino El a traernos
seguridad económica o libertad política o buena salud? ¿Hizo El alguna
de esas cosas para Lázaro (vea Lucas 16)? La respuesta es no. Absolutamente
no. En su amor por nosotros, El dió Su vida. El
soportó la ira de Dios, equivalente a pasar una eternidad en el infierno, a
fin de que nosotros podamos tener vida eterna y que no vayamos al infierno. Jesús exhortó,
"...amaos unos a otros; como yo os he amado..." (Juan 13:34). Si
Cristo ha deseado vida eterna para mí hasta el extremo de ir él mismo a la
cruz y soportar la ira de Dios para que yo pueda ser salvo; si ese deseo fue
el punto central de Su amor, entonces ese deseo debe ser el centro de mi amor
para otros también. Cuando miramos al
mundo, la cosa más importante que deberíamos de ver, el espectro terrible que
debería asir nuestras almas, es el infierno apoderándose de las vidas de los
no salvos del mundo. Porque la mayoría de la gente muere sin salvación, a una
tasa aproximada de 200,000 al día, el infierno está cobrando su cuota. Esa es
precisamente la verdad que deberíamos de ver. Esa es precisamente la verdad
que Cristo vió cuando fue a la cruz. En nuestro
amor por nuestros semejantes, necesitamos advertirles: "¿No te
das cuenta que, a causa de tus pecados, el infierno está acercándose y es
real? Pero hay una manera maravillosa de escape, por medio de nuestro
Señor Jesucristo. En mi amor por tí, quiero
lo mejor para tí. Claro, yo podría gastar algún
dinero para ayudarte de muchas maneras. Pero si mueres sin salvación, aunque
tu vida pueda haber sido extendida gracias a algunos antibióticos, o lo que
sea, ¿qué diferencia hace ésto? Todavía vas
a morir, y después de la muerte viene el juicio. ¿Que no ves? Si tan
sólo te conviertes a Cristo, entonces tu situación física, tu situación
política, tu situación de salud, no tienen ninguna importancia. Tú serás como
Lázaro; todavía puedes tener el bien mayor. Tú, también puedes tener
salvación". Desear esto para otros es verdadero amor. Note que Jesús dijo,
"Ama a tu prójimo como a tí mismo".
¿Pero cómo me amo a mí mismo? ¿Cuál es el bien supremo que yo
podría desear para mí mismo? ¿Es acaso que yo pueda tener más
prosperidad física? ¿Es ese el bien supremo para mí? No, de ninguna
manera. Al contrario, esto podría tentarme a dejar de servirle al
Señor de la manera que debo. Bueno, entonces ¿es ser famoso?
¿Es ser de renombre? ¿Es tener algunas de las cosas a las
cuales el mundo aspira? La respuesta es no. Ninguna de esas cosas son el bien supremo. El bien supremo para mí es lo que yo
debería desear para otros. ¿Entonces qué es? La única cosa que yo
necesito es asegurarme de que yo he sido salvo. Es decir, asegurarme de que
mis pecados han sido pagados, eliminando así toda posibilidad de ir al
infierno cuando muera. ¿Acaso alguien
que vive sobre la faz de la tierra puede pensar que va a escapar de la
muerte? Este mundo ha estado aquí por 13,000 años y, con sólo dos
excepciones (Enoc y Elías), todos los seres humanos que han caminado sobre la
faz de la tierra han muerto -todos. Nadie ha escapado. Eso está de acuerdo
con el principio bíblico de que "está establecido para los hombres que
mueran una sola vez, y después de esto el juicio". (Hebreos 9:27). Esto
significa entonces que eso va a sucederme a mí- a menos que, por supuesto, el
Señor venga primero. Por consiguiente, si en verdad me amo a mí mismo,
no voy a aspirar por más bienes de este mundo. No voy a aspirar a tener una
mejor posición en este mundo. Porque, en la medida que yo deseo esas cosas,
me estoy retirando de la senda que es la mejor para mí. Mi preocupación
primera y sumamente importante debe ser de que yo esté absolutamente seguro
de que soy un hijo de Dios, de que soy salvo. Sólo entonces me daré cuenta de
que todas esas cosas no tienen importancia. Realmente no hace ninguna
diferencia cuánta ropa tengo, qué clase de automóvil manejo, si acaso poseo
uno, o en qué clase de situación vivo yo. Esas cosas en realidad no tienen
ninguna clase de valor eterno. Por cierto, Dios
declara en Romanos 12:1, "Así que, hermanos, os ruego por las
misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo,
santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional". En el Antiguo
Testamento a los israelitas se les ordenó diezmar, es decir, dar el diez por
ciento de todo su ingreso. Esa es la manera como los oficios sacerdotales
eran sostenidos. Pero en el Nuevo Testamento, Dios quiere todo. El diezmo del
Antiguo Testamento fue solo un ejemplo para nosotros, señalando el
hecho de que Dios lo quiere todo. Dios simplemente está diciendo,
"Quiero todo de tí, todas tus posesiones, todo
tu dinero, toda tu energía, a fin de que tu tarea como embajador de Cristo
pueda ser hecha". Esa tarea es presentar este Evangelio precioso de
salvación a un mundo que se está encaminando hacia el infierno. ¿Podemos
comenzar a ver la verdad más claramente? El hilo dorado que corre a través de
la Biblia es el mensaje de salvación. Cada vez que nos apartamos de ese hilo,
y nuestra atención se desvía de él, podemos estar seguros de que ya no
tenemos el Evangelio de la Biblia. Tendremos un evangelio que ha sido
diseñado en la mente de los hombres, y nos vamos a meter en problemas
al tratar de llevarlo a otras naciones del mundo. Un evangelio que,
erróneamente, habla acerca de economía, o política, va a ser resistido,
particularmente por autoridades políticas quienes, con derecho, sienten que
su gobierno está siendo amenazado por evangelios políticos o sociales. Obviamente, el
verdadero evangelio también será resistido, y censurado por el hombre. Al
hombre no le gusta que se le diga que va caminando hacia el infierno. Nadie
quiere escuchar eso. Es censurable para la mente del hombre natural oír que
no hay nada que él pueda hacer para salvarse a sí mismo. Tal resistencia solo
puede ser cambiada en el corazón de aquellos que han llegado a ser salvos,
por clamar a Dios: "¡Oh Dios, ten misericordia de mí,
pecador!". Esto requiere que se tenga una confianza, como de
niño, en Jesucristo, quien caminó sobre la faz de la tierra hace unos
2,000 años. Esto significa que mi egoísmo debe ser quebrantado. Esto
destroza mi estima propia. Esto destroza todo lo que yo soy. Pero esa es la única
razón por la que el Evangelio debería ser censurable. Nunca suceda que el
Evangelio que proclamamos sea resistido por las autoridades políticas debido
a que estamos predicando sobre la cultura y la política de una nación
particular. Tal evangelio no puede ser el Evangelio de la Biblia. Cuando hemos sido
transformados en hijos de Dios, hemos reconocido que el bien supremo en
nuestras vidas es que somos salvos de la ira de Dios; el infierno ya nos nos apresa. Nunca compareceremos delante del Trono del
juicio de Dios para responder por nuestros pecados. Cristo lo ha pagado todo.
Estamos cubiertos por El. Leemos en Juan 5:24 que aquellos que creen en El no
vendrán a condenación, mas han pasado de muerte a
vida. Y, en nuestro amor hacia los demás, ese es el bien que debemos desear
ardientemente para ellos. Ese es el mensaje que Dios nos ha ordenado llevar
fielmente al mundo entero. A medida que vivimos
nuestras vidas como creyentes, obedeciendo fielmente la orden de llevar el
Evangelio al mundo, la Biblia insiste que debemos caminar muy humildemente.
Nuestro ejemplo es el Señor Jesucristo; leemos de El que fue manso y
humilde. De manera que, nosotros también, debemos de estar listos a ser
injuriados sin injuriar; estar listos a soportar lo que se haga contra
nosotros pacientemente, y estar listos a dar crédito a todo el que lo necesite.
Que otro sea el que lleve el honor mundano. El hijo de Dios, que ha llegado a
ser ciudadano del Reino de Cristo, debe andar humildemente. ¿Pero por qué?
¿Por qué tenemos que andar tan humildemente? En primer lugar, porque
Dios así lo ha mandado. Jesús, quien no sólo vino como nuestro ejemplo, sino
también como nuestro rey, fue manso y humilde. El
se despojó a sí mismo de toda su gloria celestial y tomó la forma de un
hombre, un hombre pecador y rebelde. Luego El tomó
la carga de nuestros pecados. Nadie jámas se
humilló tanto a sí mismo como el Señor Jesucristo, en tanto que El
establecía su Reino mediante Su sacrificio en la cruz. Nosotros, que creemos
en El, somos su Reino y El es nuestro Rey,
gobernándonos y ordenándonos andar honesta y humildemente. Nosotros también
debemos estar listos a ser humillados. Nosotros también debemos andar como la
gente más humilde sobre esta tierra. Además de eso,
andamos muy humildemente porque no podemos tomar crédito alguno por nuestra
propia salvación. No es nada de que podamos jactarnos. No podemos decir,
"Bueno, tú sabes, lo que sucedió realmente es que Dios me vio y se fijó
que yo era un poquito mejor que otras personas, y por tanto El decidió
salvarme". ¡De ninguna manera! Como Efesios 2:1-3 lo indica,
nosotros estábamos muertos en nuestros pecados. Eramos
seguidores de Satanás e íbamos tras los deseos de la carne como el resto de
la humanidad. Es sólo por la misericordia de Dios, es sólo por la gracia de
Dios, que El nos salvó. De manera que, vivimos
nuestra vida cristiana diciendo, "¡Oh! ¿Cómo es posible que
yo pueda ser un hijo de Dios, que yo tenga vida eterna, de modo que yo no
temo mal alguno? No importa lo que me suceda, sé que al momento que yo muera
iré a los palacios celestiales, dentro de la gloria, con el Señor
Jesucristo; y todas las cosas ayudan para bien de mí. Sólo necesito vivir mi
vida al servicio de El. De veras, quiero sacrificar
mi vida, ofrendarla en el altar del sacrificio. Soy consumido por la pasión
de que otros puedan escuchar el Evangelio, y así puedan conocer la salvación
maravillosa que Dios ha provisto tan abundantemente". ¿No es cierto
que tenemos un maravilloso Salvador? ¿No es
cierto que tenemos un Evangelio maravilloso, cuando
comprendemos lo que en realidad es el Evangelio? Nosotros quedamos asombrados
delante de la gloria de Dios a medida que El se
glorifica a Sí mismo por medio de esta clase de Evangelio. Por tanto,
asegurémonos de que poseemos este mensaje evangélico en el primer plano de
nuestro pensamiento y en nuestro corazón. Si hallamos que, en
determinado momento, el evangelio que ofrecemos comienza a diferir del
verdadero Evangelio, clamemos a Dios, diciendo: "Oh Dios, perdóname que
haya tenido algo más en mi cabeza cuando estaba tratando de anunciar el
Evangelio, tratando de adaptarlo a mis propios deseos pecaminosos". El
verdadero Evangelio es éste: yo quiero esta maravillosa salvación para todas
las personas; y porque sé que he llegado a ser salvo, no hay nada más en este
mundo que yo necesite para mí mismo. |
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