EL PREDICADOR

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¿CUÁL ES EL VERDADERO EVANGELIO?

 

 

¿Cuál es el verdadero Evangelio? No hay pregunta que tenga mayor importancia frente al mundo de hoy. Esto es así porque solamente el verdadero Evangelio proporcionará la respuesta que puede salvarnos de pasar la eternidad bajo la ira de Dios. Por consiguiente, a medida que procuramos identificar el verdadero Evangelio, nos esforzaremos en descubrir las respuestas a las preguntas siguientes: ¿Cuál es la autoridad que rige y determina al verdadero Evangelio? ¿Cuál es el mensaje del verdadero Evangelio? ¿Cuál es el mandato del verdadero Evangelio?

 

Nosotros oímos sermones de varias clases; leemos la Biblia por aquí y por allá; generalmente oímos muchas cosas buenas acerca del Evangelio. Escuchamos acerca de cómo tenemos que andar como Cristianos; vemos reglas en la Biblia que Dios nos ha dado para el bien de la humanidad. Pero, comenzamos a preguntarnos, ¿cuál es la estructura esencial del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo? ¿Es posible descartar los aspectos secundarios y llegar hasta la propia sustancia, al corazón del Evangelio?

 

A fin de conocer lo que en realidad es el Evangelio, debemos en primer lugar definir la autoridad que lo rige y lo determina. Esto es necesario porque la naturaleza del verdadero Evangelio se define y establece por su autoridad divina. En efecto, la naturaleza de toda religión, evangelio, (es decir, plan de salvación) y sistema ideológico, se define y establece por su autoridad reconocida.

 

Un Mahometano, por ejemplo, puede desear saber cómo vivir como buen Mahometano. Así que él consulta cuidadosamente el Corán, un libro en el cual los Mahometanos creen que Dios ha hablado. El Corán, por tanto, es la autoridad escrita que establece el evangelio Mahometano, es decir, la religión Mahometana. Un judío Ortodoxo tiene una autoridad diferente. Esta incluye lo que llamamos nuestro Antiguo Testamento, junto con los escritos de los padres de la iglesia que son considerados como divinamente inspirados. Esa es la autoridad que establece la naturaleza y carácter de la religion Judía. Por otra parte, un Mormón tiene como su autoridad divina la Biblia, más el Libro de Mormón, el cual se cree divinamente inspirado. A causa de que el Libro de Mormón apareció posteriormente a la Biblia, este viene a ser una sombra que se proyecta sobre toda la Biblia. Es decir, alguien que sigue el Evangelio Mormón examina todo lo que lee en la Biblia a la luz de lo que se encuentra en el libro de Mormón.

 

De la misma manera, los Católicos Romanos también siguen otro evangelio. La autoridad que estructura y determina su evangelio comienza con la Biblia. Pero los libros Apócrifos son también parte de esa autoridad, de la misma manera que las visiones de Juana de Arco, las visiones de Fátima, y las declaraciones infalibles del Papa. Todo eso es visto como divino, y juntos conforman la autoridad que establece el carácter del evangelio Católico Romano.

 

Similarmente, el evangelio carismático tiene su autoridad. Este cree que la Biblia es la Palabra de Dios, pero también cree en revelación divina por medio de visiones, voces, o lenguas, lo cual expone su autoridad más allá de la Biblia. Por consiguiente, éste tiene como su autoridad a la Biblia, más los mensajes presumiblemente recibidos de Dios mediante sueños, visiones y lenguas. Esta autoridad ampliada estructura y determina el carácter del evangelio carismático.

 

Tenga en mente que cada vez que tenemos una autoridad diferente, tenemos también una clase diferente de evangelio. En otras palabras, cada evangelio, o plan de salvación, está estructurado y determinado por su autoridad. Así que cuando las autoridades difieren, los evangelios difieren.

 

¿Pero cuál es el verdadero Evangelio de Jesucristo, el único que puede salvar a los hombres y mujeres de sus pecados? ¿Cuál es la autoridad Divina por la cual está estructurado y determinado? Estas son algunas de las preguntas insistentes que enfrentan a la iglesia de hoy, porque estamos viviendo en un día cuando los evangelios se están proliferando. En todo lugar adonde volteamos encontramos diferentes clases de evangelios. Ciertamente, nos preguntamos, ¿cómo puedo saber realmente que estoy siguiendo el Evangelio verdadero?

 

Una definición ofrecida a veces para describir el verdadero Evangelio es expuesta en 1a. de Juan 4:2. Allí leemos que si confesamos que Cristo ha venido en la carne, entonces somos de Dios. No obstante, cuando leemos en Lucas 4:34, los demonios también admiten que Jesucristo ha venido en la carne, y ellos todavía están bajo la ira de Dios. De modo que esa definición particular por sí misma no puede ser adecuada en todos los casos. Tenemos que conocer más acerca de lo que define y establece el evangelio. Debemos, por tanto, descubrir la autoridad divina que estructura y determina el carácter y naturaleza del verdadero Evangelio.

 

La Biblia indica que ella sóla y en su integridad es la autoridad que establece el Evangelio del Señor Jesucristo. Apocalipsis 22: 18-19 lo dice mejor:

 

"Yo testifico a todo aquel que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro. Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la Santa Ciudad y de las cosas que están escritas en este libro".

 

Por esta declaración Dios estableció los parámetros del verdadero Evangelio. Este está circunscrito por la Biblia solamente.

 

La Biblia, por consiguiente, es la verdadera autoridad divina. Esta es la única autoridad completa que establece el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Debido a que ésta es la autoridad divina, en razón de que viene de Dios, debe ser enteramente autoritativa en nuestras vidas. Nosotros debemos leerla ávidamente; debemos estudiarla ansiosamente con el propósito de ser obedientes a ella. Y si descubrimos en nuestra vida un hábito, una práctica, o una doctrina que es contraria a la Palabra de Dios, entonces como hijos de Dios, habrá dentro de nosotros un deseo ardiente de suprimir o cambiar esa práctica o doctrina a efecto de que lleguemos a ser más fieles a la Palabra de Dios.

 

Si nosotros seguimos una autoridad que es más reducida o más amplia que la Biblia sóla y en su integridad, no estamos siguiendo el Evangelio de la Biblia. No importa cuán santo parezca ser, tal evangelio no conduce a la salvación.

 

Pero ahora que sabemos que la Biblia es la autoridad que establece el verdadero Evangelio, nos preguntamos cuál es el mensaje central del verdadero Evangelio. Podríamos decir que el Evangelio es la carta de amor escrita por Dios para la humanidad, por medio de la cual podemos llegar a ser justos, conocer el amor de Dios, entrar a una vida más abundante, o aprender a vivir para la gloria de Dios. Podemos pensar en una gran cantidad de versículos en la Biblia que describen y quizás aún cristalizan la naturaleza esencial del Evangelio.

 

Pienso, sin embargo, que podemos hallar resumido en Juan 3:16 el significado esencial del Evangelio. Este versículo hace a un lado todo lo demás y va hasta el mensaje esencial. Allí leemos: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna".

 

Ordinariamente los teólogos enfocan su atención en la primera parte del versículo: "Porque de tal manera amó Dios al mundo..." Y esa es una frase gloriosa que nos introduce a la admirable verdad que Dios, en Su magnífico amor, ha provisto salvación a todos los que creen en el Señor Jesucristo. Pero el amor de Dios y la salvación que El tan generosamente ha provisto no puede ser entendido completamente a menos que entendamos también el significado de la palabra "Perecer" o "Perderse" que se halla más adelante en este versículo. Sólo muy raras veces escuchamos un sermón sobre esa parte del versículo, "...no se pierda..." Pero la frase, "no se pierda", es también parte integral del Evangelio.

 

Cuando escudriñamos las Escrituras, hallamos que la palabra "Perderse", como se usa en Juan 3:16, no significa "Aniquilación". En nuestro lenguaje cotidiano cuando decimos, "Yo pereceré", pensamos en morir, en dejar de existir. Pero en la Biblia la palabra "perecer" tiene otra definición. La Biblia nos dice que la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23). Y la muerte viviente que Dios está considerando allí es la existencia por toda la eternidad en el infierno. Esa es la sentencia para la humanidad rebelde. Eso es lo que significa "Perecer".

 

El problema terrible de la humanidad es que somos pecadores. Recuerde Romanos 3: 10-11: "No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios". El corazón del hombre por naturaleza es engañoso y perverso, como leemos en Jeremías 17:9.

 

Porque pecamos -incluso por un solo pecado- pereceremos. Debido a que hemos sido creados a Su imagen, Dios nos hace a cada uno de nosotros completamente responsables delante de El mismo por la conducta de nuestra vida. Dios ha señalado un día en el fin del mundo cuando tenemos que ser juzgados. La Biblia dice en Hebreos 9:27, "...está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio". Y a causa de que sin el Evangelio todos nosotros somos pecadores, todos vamos encaminándonos hacia el infierno.

 

Esta terrible verdad no puede ser vista con nuestros ojos físicos porque no podemos ver el futuro. Pero lo que vemos con nuestros ojos físicos no es la historia completa. De hecho, solo vemos una parte superficial e incidental de la historia completa. Por ejemplo, quizá tuvimos un amigo que ya murió. Lo conocimos como un hombre que vivió su vida muy respetablemente delante de sus compañeros. Pero luego murió. Y fue elogiado en su funeral como uno de los más grandes; y entonces todos regresamos a nuestros negocios, a la rutina diaria, y nos olvidamos de nuestro amigo. Pero si él murió sin el Evangelio, es decir sin ser salvo, la primera cosa de la que él se dará cuenta, después de la muerte, es que se encuentra delante del trono del juicio de Dios, donde él deberá responder por cada pecado que cometió; y serán muchísimos. Cualquiera de esos pecados podrían condenarlo a él a la perdición eterna. Para él no hay escape; no hay conmutación de pena, ni libertad bajo palabra. No hay absolutamente escapatoria alguna.

 

Cada día aproximadamente 200,000 personas mueren sobre la faz de la tierra. Cuando nos damos cuenta que la mayoría de esas 200,000 personas mueren sin salvación y que la primera cosa de que serán conscientes, después de la muerte, es que se hallan de pie delante del trono del juicio de Dios, sujetos a la condenación eterna, entonces venimos a estar conscientes de una historia de horror de proporciones gigantescas.

 

Muchas veces oímos acerca de un terremoto en el cual 50,000 personas han muerto. Oímos de guerras en que 700,000 u 800,000 personas han muerto. Oímos acerca de la inhumanidad del hombre contra el hombre. Oímos de hambres que matan a muchos millares. Pero ninguna de esas cosas puede compararse a la más espantosa tragedia de todas, al espantoso trauma diario que enfrenta la humanidad.

 

Los horrores de la crueldad del hombre contra el hombre, los horrores del hambre, de la guerra, o de cualquier otro trauma, resultan solamente en muerte física de nuestro cuerpo. Pero esa muerte, en sí misma, no es la historia de horror. La historia de horror es que después de la muerte viene el juicio. La justicia perfecta de Dios demanda la condenación eterna como pago por los pecados.

 

Desafortunadamente no escuchamos que se predique esta parte del Evangelio muy frecuentemente. Es tan censurable, tan triste, tan grave. Es tan terrible que queremos olvidarnos de ello. Preferimos en cambio tan sólo hablar acerca del amor de Dios y de la necesidad de una vida moral. Preferimos hablar de toda suerte de cosas y no de esta enseñanza extremamente importante del Evangelio.

 

Maravillosamente, la verdad de que el infierno está esperando por la raza humana no es el final de la historia. Si Dios escribió la Biblia simplemente para decirnos que estamos caminando hacia el infierno, podríamos aún alabar a Dios de que al menos El nos lo advirtió. Pero ese conocimiento no nos haría mucho bien, porque todos somos pecadores. A causa de nuestros pecados terminaríamos todavía en el infierno. Pero, entrelazado dentro del tejido del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, a semejanza de un hilo dorado que corre a través de toda la Biblia, está el mensaje de esperanza: que podemos conocer el amor de Dios al confiar en el Señor Jesucristo como nuestro Salvador. Esa es la otra cara de la moneda del Evangelio: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna".

 

Ahora, ¿por qué es que si creemos en El no iremos al infierno? ¡La Biblia nos dice que es porque Cristo se hizo pecado por nosotros! Leemos en 2a. de Corintios 5:21: "Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en El". O, como Isaías 53:6 lo dice, "Mas Jehová cargó en El el pecado de todos nosotros" (es decir, de todos aquellos que hacen depender sus vidas de El).

 

He allí el mensaje central del Evangelio. No hay otra noticia que pueda compararse a esta. Comienza con la terrible verdad de que la humanidad es pecadora y va caminando hacia el infierno. Pero continúa con la noticia maravillosa de que todos aquellos que clamemos al Señor Jesucristo por misericordia y que hagamos depender nuestras vidas de El podemos conocer la libertad del infierno porque El se hizo pecado por nosotros. Cargando con nuestros pecados, como nuestro sustituto, El compareció delante del Trono del juicio de Dios cuando enfrentó a Poncio Pilato. El fue hallado culpable por nuestros pecados, y Dios vertió la condenación sobre El hasta el grado que fue el equivalente de cada uno de nosotros que creeríamos en El pasando una eternidad en el infierno. De esta manera El pagó por todos nuestros pecados. El satisfizo la justicia perfecta de Dios que demanda condenación eterna, como castigo por el pecado. Puesto que nuestros pecados han sido pagados, el infierno no nos amenaza ya más. Ya no estamos bajo la ley que decreta que tenemos que ir al infierno. Estamos ahora bajo la gracia. Por la gracia de Dios hemos llegado a ser hijos de Dios. Hemos dejado el dominio de Satanás (dentro del cual estábamos antes que fuéramos salvos), y hemos llegado a ser ciudadanos del Reino del Señor Jesucristo.

 

Sin embargo, la verdad conmovedora es que, en gran medida, la iglesia de hoy ya no es más consciente de este mensaje. Esto ha sido verdadero hasta cierto punto a través de toda la historia, pero es particularmente cierto en el día de hoy. Obviamente hay excepciones. ¡Gloria a Dios por las excepciones! Pero en gran medida, la iglesia ha perdido su sensitividad a la naturaleza central del evangelio. Muchos predicadores no hablan ya más acerca del infierno. En efecto, una vez oí a un teológo de un seminario respetable decir públicamente que el infierno es "como estar en un aeroplano que está dando vueltas, vueltas y vueltas". En otras palabras, él estaba ridiculizando al infierno. Hubiera sido bueno que leyera otra vez Deuteronomio Capítulo 28. Hubiera sido bueno que él leyera otra vez Apocalipsis 14, donde dice: "Y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos." (versículo 11). Mejor que leyera Mateo capítulo 13, Marcos 9, y Mateo 25 otra vez donde Jesús dice cosas como "allí será el lloro y el crujir de dientes." (Mateo 13:42), y "el gusano de ellos no muere." (Marcos 9:44), y donde El habla de condenación eterna (Mateo 25:46). La única razón por la que no leemos muy a menudo esos pasajes es porque nos aterrorizan. Pero mejor ser aterrorizados si no estamos salvos, porque el infierno es real.

 

Pero, vea usted, si alguien no quiere enfrentar el mensaje central de la Biblia porque no quiere hablar acerca del infierno, entonces, ¿qué va a hacer él con el Evangelio? Desafortunadamente, encontramos que los teólogos comienzan a cambiar el mensaje del Evangelio en función de sus propios deseos. Ellos le dan al evangelio un cariz político. Dicen, por ejemplo, "El cristianismo va a la par con la liberación de toda opresión política". O bien, comienzan a enseñar un evangelio económico al decir que el Cristianismo tiene que ver con tener suficiente alimento para comer y tener seguridad financiera. O, ellos lo hacen un evangelio de bienestar físico, al decir que la meta del evangelio es la buena salud y vidas felices aquí en esta tierra.

 

Esas tres aspiraciones -libertad política, seguridad económica y buena salud- son buscadas por todo hombre. Toda la humanidad las busca en una u otra manera. No tenemos que llamarnos Cristianos para tener esas clases de metas. Pero el hecho es que ninguna de esas aspiraciones tiene relación directa alguna con el Evangelio del Señor Jesucristo, es decir, con el Evangelio verdadero, espiritual. Veamos por qué esto es así.

 

En Lucas, capítulo 16, Dios nos da la parábola del hombre rico y Lázaro. Quizás usted esté familiarizado con esa parábola. La Biblia revela que el hombre rico tenía todo lo que el dinero podía comprar. Ciertamente podríamos suponer que, con todo ese dinero, él debió haber tenido mucha libertad política. También, él tenía a sus órdenes los mejores doctores y los mejores nutricionistas para así poder disfrutar al máximo una buena salud. Sin duda alguna, él tenía seguridad económica y todas las ventajas que ésta lleva consigo. Si alguien parecía no tener necesidad del mensaje del Evangelio, era este hombre rico. El aparentemente tenía todo marchando a su favor.

 

Por otra parte, Dios habla acerca de Lázaro. Lázaro no tenía nada; él era un mendigo. El no tenía seguridad económica. El no podía pagar un doctor, a pesar de que tenía gran necesidad de uno. Quizás el dormía afuera en las calles y obtenía insuficientes alimentos, o alimento inadecuado. De cualquier forma, su cuerpo estaba cargado de llagas. El tenía salud corporal muy pobre. Ciertamente, como mendigo expuesto al maltrato de la gente que pasaba a su lado, él no tenía seguridad política. El era considerado como basura. El no era nadie. Si alguien tenía necesidad de un evangelio terrenal era Lázaro. A medida que la narración continúa, nos damos cuenta de que tanto Lázaro como el hombre rico murieron.

 

De pronto, Dios revela el más allá y nos muestra el cuadro real de esos dos hombres en cuanto a su existencia través de toda la eternidad. ¿Qué encontramos? Encontramos que Lázaro, quien no tuvo ninguna de las aspiraciones esenciales de la humanidad, está descansando para siempre en el Seno de Abraham. Esta figura de expresión indica que él está en un lugar de supremo bienestar, de suprema bendición. Es un cuadro de lo que es ser salvo y de estar presente para siempre en el Reino del Señor Jesucristo.

 

Por otro lado, ¿dónde encontramos a este hombre rico, quien en la tierra, tuvo todo lo que un hombre podría desear? En esta parábola lo vemos a él en el infierno; lastimosamente clamando al padre Abraham para que envíe a Lázaro "para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama." (versículo 24). Esto es un cuadro de la naturaleza absolutamente terrible del infierno, y este hombre rico va a estar allí para siempre.

 

¿Cuál de esos dos hombres realmente necesitaba el Evangelio? ¿Cuál de esos hombres estaba en gran necesidad?

 

Si usted se hubiese acercado a Lázaro con un evangelio político o un evangelio social, tratando de darle medicina y ofreciéndole seguridad económica, ¿habría eso cambiado su posición en el cielo? La respuesta es no. Su necesidad verdadera, la espiritual, estaba satisfecha por el Evangelio verdadero y eterno. Seguramente, como ser humano, a él no le hubiera caído mal un poco de comida, así mismo a él le hubiera caído bien un poco de compasión. Pero en cuanto a lo que se refiere a su relación con Dios, lo cual constituye la verdadera necesidad de la humanidad, él estaba satisfecho.

 

El identificar el mensaje del Evangelio con aspiraciones políticas, ecónomicas, o culturales, ha causado que el "Evangelio Cristiano" sea especialmente censurable de parte de los líderes de muchas naciones. Cuando proclamamos un mensaje, siguiendo los dictados de los deseos o aspiraciones humanas, las cuales son completamente ajenas al Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, entramos en áreas de actividad que amenazan a los gobernantes políticos. Siento mucho decir que, en el pasado (y esto continúa sucediendo hoy día), los misioneros contínuamente fueron a China y otras naciones esparciendo un evangelio con mucho sabor a cultura Occidental. Por eso, el mensaje evangélico que proclamaron llegó a ser identificado en gran manera con la prosperidad física o con la libertad política. Pero eso no es el Evangelio de la Biblia. Esos misioneros, desafortunadamente, fueron dejando impresiones totalmente equivocadas. Habían comenzado a mezclarse en los asuntos de las naciones donde fueron enviados; asuntos en los cuales ellos no tenían parte ni suerte, y los cuales no tenían nada que ver con el mensaje del verdadero Evangelio.

 

El hecho es que el Evangelio no está interesado en la clase de gobernantes que una nación tiene. Tampoco está interesado en el sistema político bajo el cual vive un pueblo. Sin embargo, el Evangelio declara que es Dios quien pone y quita gobernantes. Advierte que los ciudadanos de cualquier nación se espera que sean obedientes en todas las cosas, a aquellos que gobiernan sobre ellos. Pero éste no indica que una clase de gobierno deba ser obedecido más que otro.

 

La Biblia no está interesada en la situación económica de aquellos que escuchan el Evangelio. En los días cuando el Señor Jesucristo ministraba, y en tanto que los discípulos fueron enviados a predicar las Buenas Nuevas, ¿existía la crueldad del hombre contra el hombre? Desde luego que sí. Había esclavos que eran lastimosamente golpeados y maltratados. ¿Había incertidumbre económica? Claro que había. Era un tiempo cuando no existían barcos que llevaran alimentos gratuitamente. Ciertamente había gente muriendo de hambre. ¿Había gente que necesitaba desesperadamente sanidad y que no la recibía? Ciertamente, la había.

 

Alguna gente entendió equivocadamente la misión de Jesús cuando sanó a los enfermos. Cristo no vino con un evangelio que promete buena salud. El simplemente hizo milagros de sanidad como prueba de que El era Dios y a fin de darnos parábolas históricas por medio de las cuales podamos ver la naturaleza espiritual del Evangelio. Las parábolas son historias terrenales con significado celestial. Una vez que Cristo fue a la cruz y los apóstoles murieron, no encontramos más declaraciones adicionales en la Biblia relacionadas con sanidad física. El Evangelio tiene que ver con la sanidad espiritual: "...Por cuya herida fuísteis sanados. Porque vosotros érais como ovejas descarriadas..." (1a. Pedro 2:24-25). El Evangelio tiene que ver con la sanidad de nuestras almas enfermas de pecado.

 

Así pues, el mensaje del Evangelio es que la humanidad va caminando hacia el infierno, pero cualquiera puede conocer el amor de Dios confiando en Cristo.

 

Cuando llegamos a ser salvos, somos arrebatados del dominio de Sátanas, que abarca a toda la gente no salva del mundo, doquiera se encuentren, en cualquier sistema político que se hallen; y somos trasladados al Reino del Señor Jesucristo, el cual es una nación espiritual formada por aquellos que son creyentes nacidos de nuevo, sin importar su ideología política, o diferencias culturales, o lo que sea. La salvación no tiene nada que ver con naciones políticas.

 

Muchos teólogos desfiguran las verdades de la Biblia concernientes a la naturaleza del Evangelio en su intento de comprender el significado de la unidad cristiana. Efesios 4: 4-5 nos enseña eso: "Un cuerpo, y un espíritu, como fuísteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación, un Señor, una fe, un bautismo..." ¿Qué clase de unidad tiene Dios en mente? Teólogos bien intencionados, pero extraviados en su intento de explicar esta unidad, han tratado de introducir conceptos dentro del Evangelio que son extraños al mismo. Ellos creen, en efecto, que somos uno en fe y en bautismo cuando tenemos igual libertad política, o igual prosperidad económica.

 

Pero el verdadero Evangelio no tiene nada que ver con la actividad política. El no tiene nada que ver con los deseos económicos, o los deseos de buena salud. El va mucho más lejos que todo esto. Cuando tenemos el verdadero Evangelio, ya sea que vivamos en Rusia, China, Alemania, Sur América, los Estados Unidos, o en cualquier otro país, entonces hay un Señor, una fe, un bautismo. Entonces es una unidad espiritual. Es una fe en la cual entendemos que nuestros pecados son lavados. Espiritualmente hemos venido a ser justificados con Dios. Espiritualmente sabemos que no estamos sentenciados al infierno y que tenemos vida eterna. Espiritualmente hemos llegado a ser un cuerpo, bien que, desde el punto de vista político, económico o cultural, no tengamos ninguna relación el uno con el otro en ninguna manera.

 

No debemos caer en la trampa dentro de la cual caen muchos estudiosos de la Biblia. En el Antiguo Testamento, cuando ellos leen los versículos que describen el oro y la plata de Salomón, y describen las riquezas de Abraham, al igual que muchas otras declaraciones que hablan de gran prosperidad física, ellos concluyen, "¿Ya ven?, eso es lo que sucede cuando venimos a ser salvos. Debemos tener similares esperanzas físicas cuando venimos a ser salvos". Pero fallan ellos en darse cuenta que Dios ha establecido tipos y figuras en la Biblia. El Israel del Antiguo Testamento era parte de una historia terrenal, un cuadro histórico, señalando hacia el estado espiritual de lo que la iglesia del Nuevo Testamento iba a ser, es decir, lo que significaba ser un hijo de Dios. La prosperidad física del Israel del Antiguo Testamento era una historia terrenal anunciando el significado celestial de que los creyentes en Cristo vienen a ser espiritualmente prósperos, alimentando copiosamente sus almas con el Pan de Vida, el cual es Jesús mismo. Las tinajas de vino, que eran llenas hasta rebalsar en el Antiguo Testamento, eran una representación dramática apuntando hacia el flujo abundante de la sangre de Cristo, para el pago completo de todos nuestros pecados. Cualesquiera libertades históricas de que gozó el antiguo Israel, representaban el hecho de que en Cristo somos libres de la esclavitud del pecado y de Sátanas.

 

El problema es, sin embargo, que nuestra mente, manchada con el pecado, prefiere ver en esos antecedentes históricos (los cuales eran la intención de Dios que fueran solamente figuras y tipos) la esencia misma del Evangelio. Eso complace a nuestra naturaleza sensual. Eso complace a lo que todo hombre desea: Libertad política, libertad económica, y buena salud.

 

¡Pero eso no es el Evangelio! Si tratamos de adaptar el Evangelio a las características externas de las figuras del Antiguo Testamento, entonces debemos también ofrecer los sacrificios que eran obligatorios a los creyentes del Antiguo Testamento. ¡Con nuestra actitud, estamos negando efectivamente el hecho de que Cristo ha venido! En el Nuevo Testamento no encontramos ninguna referencia enseñando libertad política, seguridad económica, o buena salud. Toda la esencia del Evangelio es la libertad espiritual en Cristo. ¿Libertad de qué? ¡Es la libertad de la ira de Dios! ¡No tiene nada que ver con la política de este mundo! Dicho simplemente, hemos sido trasladados fuera del dominio de Satanás. La ley ya no puede más enviarnos al infierno. Somos libres en Cristo. Tenemos vida eterna. Esa es la naturaleza del Evangelio. Ese es el único mensaje que hemos de proclamar.

 

Ahora hemos llegado al tercer punto que necesita ser examinado. Ya hemos visto la autoridad que rige y determina al Evangelio, y hemos visto el mensaje del Evangelio. Ahora debemos examinar el mandato del Evangelio.

 

De la manera más brillante, Dios ha decretado el mandato: que somos enviados a llevar el mensaje del Evangelio a todo el mundo. "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura" Marcos 16:15. Jesús ordenó esto; no es una opción. No es algo que debamos hacer cuando nos conviene, o si sentimos que nos gusta. Es una orden imperativa de la Biblia de que debemos ir al mundo y predicar el Evangelio. Nosotros, los creyentes, somos embajadores de Cristo a este mundo perdido en pecado como si fuese Cristo mismo exhortando por medio nuestro.

 

Recuerde, Jesús dijo que El vino a buscar y a salvar lo que se había perdido, (vea Lucas 19:10). El tiene gente en China a quien El vino a buscar y a salvar. El tiene gente en América a quien El vino a buscar y a salvar. El tiene gente en Alemania y en Rusia y en todas las naciones del mundo. No sabemos quienes son esas personas, pero sabemos por medio de la Biblia que son personas cuyos nombres fueron ya escritos en el libro de la Vida del Cordero, desde la fundación del mundo. Así, sabemos que Dios se ha obligado a sí mismo a salvar a esas personas.

 

Los verdaderos embajadores de Cristo son los creyentes nacidos de nuevo. Ellos son los únicos que entienden la naturaleza real del Evangelio. Ellos han llegado a enfrentarse cara a cara con la realidad del infierno, porque han aprendido a confiar en la Biblia implícitamente. Ellos son los únicos a quienes les ha sido dada la maravillosa tarea (la cual es un mandato como también un privilegio fantástico) de propagar el Evangelio en el mundo. No tiene que haber excusa. Debemos de hacerlo por cualquier medio que el Señor haya puesto a nuestra disposición.

 

Pero aseguremónos bien de que estamos proclamando el Evangelio de la Biblia, y no el evangelio de Europa, o el evangelio de los Estados Unidos, o el evangelio de México, o cualquier otro evangelio pervertido. En tanto que enfoquemos los fundamentos básicos, el verdadero Evangelio es absolutamente el mismo; no hace diferencia en qué nación nos encontremos. Todos nosotros tenemos exactamente la misma necesidad espiritual, para exactamente el mismo antídoto espiritual. Necesitamos ser liberados del pecado mediante la sangre de Cristo. Una vez ya libres del pecado, sabiendo que Cristo ha soportado el infierno por nosotros, entonces, aunque tengamos que vivir el resto de nuestras vidas en un campo de concentración, muriendo a causa de los golpes y del hambre, aun así lo tenemos todo. Que tengamos que existir simplemente como Lázaro, como un pordiosero, con solo los perros para lamer nuestras llagas, o bien que vivamos en un palacio con todas las bendiciones de este mundo, no hay diferencia. Si somos salvos, sabemos que poseemos el más grande bien que jamás podríamos tener.

 

La Biblia también dice que debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Lucas 10:27). Pero, ¿qué significa amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos? En Juan 13:34 Jesús dijo: "Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros". Eso establece la naturaleza del amor que debemos tener para otros: debemos amar a nuestro prójimo como Cristo nos ha amado.

 

¿Cuál fue la naturaleza del amor de Cristo por usted y por mí? ¿Vino El a traernos seguridad económica o libertad política o buena salud? ¿Hizo El alguna de esas cosas para Lázaro (vea Lucas 16)? La respuesta es no. Absolutamente no. En su amor por nosotros, El dió Su vida. El soportó la ira de Dios, equivalente a pasar una eternidad en el infierno, a fin de que nosotros podamos tener vida eterna y que no vayamos al infierno.

 

Jesús exhortó, "...amaos unos a otros; como yo os he amado..." (Juan 13:34). Si Cristo ha deseado vida eterna para mí hasta el extremo de ir él mismo a la cruz y soportar la ira de Dios para que yo pueda ser salvo; si ese deseo fue el punto central de Su amor, entonces ese deseo debe ser el centro de mi amor para otros también.

 

Cuando miramos al mundo, la cosa más importante que deberíamos de ver, el espectro terrible que debería asir nuestras almas, es el infierno apoderándose de las vidas de los no salvos del mundo. Porque la mayoría de la gente muere sin salvación, a una tasa aproximada de 200,000 al día, el infierno está cobrando su cuota. Esa es precisamente la verdad que deberíamos de ver. Esa es precisamente la verdad que Cristo vió cuando fue a la cruz. En nuestro amor por nuestros semejantes, necesitamos advertirles: "¿No te das cuenta que, a causa de tus pecados, el infierno está acercándose y es real? Pero hay una manera maravillosa de escape, por medio de nuestro Señor Jesucristo. En mi amor por , quiero lo mejor para . Claro, yo podría gastar algún dinero para ayudarte de muchas maneras. Pero si mueres sin salvación, aunque tu vida pueda haber sido extendida gracias a algunos antibióticos, o lo que sea, ¿qué diferencia hace ésto? Todavía vas a morir, y después de la muerte viene el juicio. ¿Que no ves? Si tan sólo te conviertes a Cristo, entonces tu situación física, tu situación política, tu situación de salud, no tienen ninguna importancia. Tú serás como Lázaro; todavía puedes tener el bien mayor. Tú, también puedes tener salvación". Desear esto para otros es verdadero amor.

 

Note que Jesús dijo, "Ama a tu prójimo como a mismo". ¿Pero cómo me amo a mí mismo? ¿Cuál es el bien supremo que yo podría desear para mí mismo? ¿Es acaso que yo pueda tener más prosperidad física? ¿Es ese el bien supremo para mí? No, de ninguna manera. Al contrario, esto podría tentarme a dejar de servirle al Señor de la manera que debo. Bueno, entonces ¿es ser famoso? ¿Es ser de renombre? ¿Es tener algunas de las cosas a las cuales el mundo aspira? La respuesta es no. Ninguna de esas cosas son el bien supremo. El bien supremo para mí es lo que yo debería desear para otros. ¿Entonces qué es? La única cosa que yo necesito es asegurarme de que yo he sido salvo. Es decir, asegurarme de que mis pecados han sido pagados, eliminando así toda posibilidad de ir al infierno cuando muera.

 

¿Acaso alguien que vive sobre la faz de la tierra puede pensar que va a escapar de la muerte? Este mundo ha estado aquí por 13,000 años y, con sólo dos excepciones (Enoc y Elías), todos los seres humanos que han caminado sobre la faz de la tierra han muerto -todos. Nadie ha escapado. Eso está de acuerdo con el principio bíblico de que "está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio". (Hebreos 9:27). Esto significa entonces que eso va a sucederme a mí- a menos que, por supuesto, el Señor venga primero. Por consiguiente, si en verdad me amo a mí mismo, no voy a aspirar por más bienes de este mundo. No voy a aspirar a tener una mejor posición en este mundo. Porque, en la medida que yo deseo esas cosas, me estoy retirando de la senda que es la mejor para mí. Mi preocupación primera y sumamente importante debe ser de que yo esté absolutamente seguro de que soy un hijo de Dios, de que soy salvo. Sólo entonces me daré cuenta de que todas esas cosas no tienen importancia. Realmente no hace ninguna diferencia cuánta ropa tengo, qué clase de automóvil manejo, si acaso poseo uno, o en qué clase de situación vivo yo. Esas cosas en realidad no tienen ninguna clase de valor eterno.

 

Por cierto, Dios declara en Romanos 12:1, "Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional". En el Antiguo Testamento a los israelitas se les ordenó diezmar, es decir, dar el diez por ciento de todo su ingreso. Esa es la manera como los oficios sacerdotales eran sostenidos. Pero en el Nuevo Testamento, Dios quiere todo. El diezmo del Antiguo Testamento fue solo un ejemplo para nosotros, señalando el hecho de que Dios lo quiere todo. Dios simplemente está diciendo, "Quiero todo de , todas tus posesiones, todo tu dinero, toda tu energía, a fin de que tu tarea como embajador de Cristo pueda ser hecha". Esa tarea es presentar este Evangelio precioso de salvación a un mundo que se está encaminando hacia el infierno.

 

¿Podemos comenzar a ver la verdad más claramente? El hilo dorado que corre a través de la Biblia es el mensaje de salvación. Cada vez que nos apartamos de ese hilo, y nuestra atención se desvía de él, podemos estar seguros de que ya no tenemos el Evangelio de la Biblia. Tendremos un evangelio que ha sido diseñado en la mente de los hombres, y nos vamos a meter en problemas al tratar de llevarlo a otras naciones del mundo. Un evangelio que, erróneamente, habla acerca de economía, o política, va a ser resistido, particularmente por autoridades políticas quienes, con derecho, sienten que su gobierno está siendo amenazado por evangelios políticos o sociales.

 

Obviamente, el verdadero evangelio también será resistido, y censurado por el hombre. Al hombre no le gusta que se le diga que va caminando hacia el infierno. Nadie quiere escuchar eso. Es censurable para la mente del hombre natural oír que no hay nada que él pueda hacer para salvarse a sí mismo. Tal resistencia solo puede ser cambiada en el corazón de aquellos que han llegado a ser salvos, por clamar a Dios: "¡Oh Dios, ten misericordia de mí, pecador!". Esto requiere que se tenga una confianza, como de niño, en Jesucristo, quien caminó sobre la faz de la tierra hace unos 2,000 años. Esto significa que mi egoísmo debe ser quebrantado. Esto destroza mi estima propia. Esto destroza todo lo que yo soy.

 

Pero esa es la única razón por la que el Evangelio debería ser censurable. Nunca suceda que el Evangelio que proclamamos sea resistido por las autoridades políticas debido a que estamos predicando sobre la cultura y la política de una nación particular. Tal evangelio no puede ser el Evangelio de la Biblia.

 

Cuando hemos sido transformados en hijos de Dios, hemos reconocido que el bien supremo en nuestras vidas es que somos salvos de la ira de Dios; el infierno ya nos nos apresa. Nunca compareceremos delante del Trono del juicio de Dios para responder por nuestros pecados. Cristo lo ha pagado todo. Estamos cubiertos por El. Leemos en Juan 5:24 que aquellos que creen en El no vendrán a condenación, mas han pasado de muerte a vida. Y, en nuestro amor hacia los demás, ese es el bien que debemos desear ardientemente para ellos. Ese es el mensaje que Dios nos ha ordenado llevar fielmente al mundo entero.

 

A medida que vivimos nuestras vidas como creyentes, obedeciendo fielmente la orden de llevar el Evangelio al mundo, la Biblia insiste que debemos caminar muy humildemente. Nuestro ejemplo es el Señor Jesucristo; leemos de El que fue manso y humilde. De manera que, nosotros también, debemos de estar listos a ser injuriados sin injuriar; estar listos a soportar lo que se haga contra nosotros pacientemente, y estar listos a dar crédito a todo el que lo necesite. Que otro sea el que lleve el honor mundano. El hijo de Dios, que ha llegado a ser ciudadano del Reino de Cristo, debe andar humildemente.

 

¿Pero por qué? ¿Por qué tenemos que andar tan humildemente? En primer lugar, porque Dios así lo ha mandado. Jesús, quien no sólo vino como nuestro ejemplo, sino también como nuestro rey, fue manso y humilde. El se despojó a sí mismo de toda su gloria celestial y tomó la forma de un hombre, un hombre pecador y rebelde. Luego El tomó la carga de nuestros pecados. Nadie jámas se humilló tanto a sí mismo como el Señor Jesucristo, en tanto que El establecía su Reino mediante Su sacrificio en la cruz. Nosotros, que creemos en El, somos su Reino y El es nuestro Rey, gobernándonos y ordenándonos andar honesta y humildemente. Nosotros también debemos estar listos a ser humillados. Nosotros también debemos andar como la gente más humilde sobre esta tierra.

 

Además de eso, andamos muy humildemente porque no podemos tomar crédito alguno por nuestra propia salvación. No es nada de que podamos jactarnos. No podemos decir, "Bueno, tú sabes, lo que sucedió realmente es que Dios me vio y se fijó que yo era un poquito mejor que otras personas, y por tanto El decidió salvarme". ¡De ninguna manera! Como Efesios 2:1-3 lo indica, nosotros estábamos muertos en nuestros pecados. Eramos seguidores de Satanás e íbamos tras los deseos de la carne como el resto de la humanidad. Es sólo por la misericordia de Dios, es sólo por la gracia de Dios, que El nos salvó. De manera que, vivimos nuestra vida cristiana diciendo, "¡Oh! ¿Cómo es posible que yo pueda ser un hijo de Dios, que yo tenga vida eterna, de modo que yo no temo mal alguno? No importa lo que me suceda, sé que al momento que yo muera iré a los palacios celestiales, dentro de la gloria, con el Señor Jesucristo; y todas las cosas ayudan para bien de mí. Sólo necesito vivir mi vida al servicio de El. De veras, quiero sacrificar mi vida, ofrendarla en el altar del sacrificio. Soy consumido por la pasión de que otros puedan escuchar el Evangelio, y así puedan conocer la salvación maravillosa que Dios ha provisto tan abundantemente".

 

¿No es cierto que tenemos un maravilloso Salvador? ¿No es cierto que tenemos un Evangelio maravilloso, cuando comprendemos lo que en realidad es el Evangelio? Nosotros quedamos asombrados delante de la gloria de Dios a medida que El se glorifica a Sí mismo por medio de esta clase de Evangelio. Por tanto, asegurémonos de que poseemos este mensaje evangélico en el primer plano de nuestro pensamiento y en nuestro corazón.

 

Si hallamos que, en determinado momento, el evangelio que ofrecemos comienza a diferir del verdadero Evangelio, clamemos a Dios, diciendo: "Oh Dios, perdóname que haya tenido algo más en mi cabeza cuando estaba tratando de anunciar el Evangelio, tratando de adaptarlo a mis propios deseos pecaminosos". El verdadero Evangelio es éste: yo quiero esta maravillosa salvación para todas las personas; y porque sé que he llegado a ser salvo, no hay nada más en este mundo que yo necesite para mí mismo.

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